Papá, ¿es difícil ser abogado?

Papá, ¿es difícil ser abogado?

Cuando mi hija pequeña me lo preguntó, me pareció oportuno darle una respuesta esquiva, pero didáctica, y le expliqué que todos los trabajos tienen su dificultad y que lo importante es hacer algo que a uno le guste y esforzarse para tratar de hacerlo lo mejor posible. Pero no caí en la cuenta de que la avidez de información de una niña de seis años exige a menudo una mayor atención. «Papá, ¿y por qué ser abogado es difícil?«.

¡Vaya con la preguntita de la niña! Empecé por lo básico. Hay que estudiar mucho. No todo el mundo sabe que, después de hacer la carrera de Derecho, actualmente es necesario cursar un máster y aprobar un examen habilitante para poder ejercer como abogado. Una vez superado todo, y siempre y cuando pagues las cuotas obligatorias de tu colegio de abogados durante toda tu vida profesional, te encontrarás ante una de esas profesiones en las que hay que seguir estudiando cada día.

Además de estar al tanto de las sentencias novedosas que van apareciendo y de los criterios cambiantes de nuestros tribunales, los abogados debemos prestar atención a las novedades normativas. Ahí sale nuestra faceta de intérprete, pues debemos ser capaces de conseguir entender qué quiere decir un legislador que cada vez es menos técnico y preciso -hasta el punto de que actualmente tenemos una norma laboral elemental con dos redacciones distintas en vigor para un mismo precepto-. Y, por supuesto, tenemos algo de literatos preparando escritos al juzgado y, por qué negarlo, un pelín de actores en sala para convencer a su señoría de que tenemos razón y nuestra interpretación de la norma es la correcta.

Ciertamente los juzgados son el ring perfecto donde desarrollar nuestras dotes de púgil en una pelea desigual. Allí cada uno tiene sus propios intereses: los funcionarios de la oficina judicial, el juez, el letrado de la Administración de Justicia, el compañero contrario y el propio cliente. Y en medio de todo, el abogado, esquivando y aguantando los golpes -metafóricos- de unos y otros, buscando el momento oportuno para dar un gancho de izquierda inesperado que le haga alzarse con una victoria que no es para sí, sino para su defendido.

El abogado tiene, en ocasiones, que hacer un poco de psicólogo. Muy de andar por casa, por supuesto, y a menudo es más bien para ejercer la tarea básica de ser aquel sobre el que descargar las emociones. Pero la necesidad de empatizar con el cliente y comprender sus problemas para ofrecerle una solución y sosiego, es algo que no te enseñan por muchos años de estudio, másteres y exámenes que se hagan.

Aunque hay que esforzarse por dejar las preocupaciones a un lado antes de cruzar el umbral de la puerta de casa, a menudo la vida profesional acaba inmiscuyéndose en la personal. Ese juicio que te martillea la cabeza y no te deja dormir bien, ese cliente que no te quiere pagar porque piensa que tus conocimientos deben ser compartidos gratuitamente o ese plazo procesal que avanza inmisericorde sin tener en consideración que puedes estar de vacaciones o en la cama de un hospital.

Es bien sabido que la Justicia no da votos, por lo que nuestros políticos ni tan siquiera se esfuerzan en hacer promesas para mejorarla. Este año hemos vivido la huelga de los letrados de la Administración de Justicia, actualmente permanece la de los funcionarios y en breve llega la de los jueces. Todas ellas son respetables, faltaría más, pero no siempre se es consciente de que el juicio que no se celebra es un trabajo que el abogado ni realiza ni cobra, y cuando la situación se alarga en el tiempo no todos tienen el músculo financiero necesario para poder soportarlo.

Por el contrario, la huelga para los abogados es una quimera, pues ni los plazos procesales se detienen ni los juicios señalados se van a suspender por ello. Son meritorias las movilizaciones que se están secundando por los abogados del turno de oficio, quienes hacen una labor social por apenas cuatro duros, ayudando a aquellos que no se pueden permitir costearse el acceso a la justicia.

Los abogados aprendemos a vivir con la tensión que supone el estar pendientes de que no se pase un plazo, pero el cuerpo nunca se acostumbra a esos pequeños microinfartos que todos sufrimos de vez en cuando, en los que el estómago te da un vuelco y un calor te recorre el cuello y te embota la cabeza, al creer que algo se nos ha podido olvidar. En esta profesión el cuerpo tiene sus propias señales, como ese gusanillo en el estómago antes de entrar a juicio -que nunca hay que perder-, y que vuelve a aparecer cuando te notifican una sentencia.

Hay que tener en cuenta que cuando la sentencia no da la razón, es el abogado el que pierde; y cuando es favorable, es el cliente el que gana y al que hay que dar la enhorabuena. Es una de esas cositas que tiene nuestra profesión. Es cierto que la llamada dando malas noticias es muy complicada, pero cuando tienes la fortuna de informar de buenas nuevas eso compensa cualquier momento complicado anterior. La alegría de tu cliente la sientes como propia e, incluso, se multiplica por el regocijo personal de saber que le has podido ayudar y has conseguido solucionarle un problema. Ese ratito de estar exultante disfrutando de la victoria, y la satisfacción de un trabajo bien hecho, aunque no dura mucho porque enseguida hay que pasar al siguiente asunto, te reconcilia una y otra vez con una profesión exigente e intensa, que se disfruta especialmente desde la vocación.

Sí, hija mía. Es una profesión un poquito difícil. Como otras muchas. Pero es una profesión maravillosa.

 

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